Cuentos extraviados
CUENTOS PERDIDOS
Por: Pablo Nicoli Segura.
¿Qué puede ser más terrible para un escritor que extraviar o perder del todo una narración que prometía gustar a los lectores?
El primer cuento que escribí en mis años escolares es hoy sólo un vago recuerdo en mi memoria. Recuerdo que se trataba de un cuento policial con una víctima, un detective y otros personajes propios del género. Pero tuve la desdicha de escribirlo a mano en un blog de colegio que persistió mientras duraron las clases de aquel año. Seguro el blog en mención pasó a engrosar los cachivaches del depósito familiar en lo más recóndito de mi casa y finalmente se extravió o fue regalado a algún hombre del saco, de esos que se llevan lo inservible para darles algún uso póstumo. ¿Cuánto daría hoy por tener nuevamente en mis manos aquella primera narración juvenil y volver a leer su contenido? Sería como volver en el tiempo y experimentar grandes sensaciones ya olvidadas. No lamento tanto el extravío de otro cuento de ciencia ficción que traspasaba un agujero negro; pues tengo la sospecha que nunca funcionó como cuento.
Recuerdo también que cuando empezaba este difícil camino de escribir narraciones, allá por los años de universidad y habiendo fundado junto a otros cinco amigos lo que se conoció en su momento como la Asociación Juvenil de Escritores, escribí mi primer cuento largo al que puse por título Fisgón. Dicho trabajo, escrito para participar de un concurso dentro de la asociación mencionada, fue extraviado de alguna forma años después. Simplemente desapareció de mis documentos literarios o quizás alguien lo tiró a la basura sin saber todo el esfuerzo y sufrimiento que me había tomado aquel trabajo literario en la forma de un cuento de horror. Cuando descubrí que aquella historia me faltaba desesperé. ¡Ese cuento no! -me dije. Y rogué a Dios que me concediera el milagro, que volviera a aparecer; yo no cuestionaría la forma, lo prometí. A los días de pensamientos intranquilos y depresivos Dios me respondió. Ese escrito había sido dedicado en su momento a un buen amigo mío (Francisco) y de seguro el conservaba una copia del mismo. Busqué con esperanza a mi amigo y el me dijo que revisaría entre sus cosas. A los días apareció con mi cuento en la mano. El alma y la tranquilidad volvió a mí.
A lo largo de los años aquella experiencia me hizo tener más cuidado con el asunto de los extravíos literarios; y si bien no puedo negar que estos hayan vuelto a ocurrir con el tiempo; especialmente cuando uno borra de la computadora cosas que pensó eran una copia, cuando no, lo que me ocurrió hace apenas un año es el verdadero motivo de que me decidiera a escribir unas líneas sobre estos temas.
He tenido amigos que han perdido todos sus cuentos -o al menos una ventena- cuando el disco duro de su computadora se sobrecalentó y pasó a mejor vida. Su resignación realmente me ha sorprendido; yo no hubiera podido soportar tal cosa, o quizás en el fondo no deseaban demostrar su verdadera tristeza. Al respecto de esto de los extravíos hay una anécdota de Mario Vargas Llosa y Bryce Echenique que cuenta que el último había escrito un libro de cuentos y por descuido, dejó su original y único escrito en el asiento de un taxi; y luego le fue imposible recuperarlo. Cuando Bryce llegó a visitar a Vargas Llosa y le contó lo que le había pasado, éste sintió tanto el accidente, tanto como si le hubiera pasado en carne propia, que se echó a llorar y se sintió peor que el verdadero afectado (Bryce), quién increíblemente tuvo que darle ánimos a su compañero y prometer que volvería a escribir su libro perdido. Esto nos pinta de alguna manera lo que puede llegar a sentir un escritor con tales extravíos; aunque a otros se les haga relativamente fácil volver a empezar. Personalmente el desánimo no me permitiría intentar escribir por segunda vez el mismo cuento o escrito, aunque confieso que en un par de oportunidades lo he logrado (*).
Pero para terminar quiero hablar de mi más reciente experiencia sobre el asunto. Sucedió que luego de varios meses de idas y venidas al Internet, algún virus infectó mi computadora y hubo que formatearla. Lamentablemente alguna información fue borrada sin opción a recuperarla. Es probable que unos tres o cuatro cuentos y alguno que otro artículo se desmaterializaran en el nuevo accidente. Pero sin duda me había dolido en el alma el perder un título que había designado como: El maleficio y en el cual me había pasado más horas de lo acostumbrado para lograrlo. De forma casual, también en esta ocasión había dedicado el cuento a un amigo (Javier); pero Dios o quizás solo fuera la suerte no parecían estar esta vez de mi lado. El sobre con el cuento que le había entregado a mi amigo igualmente se había extraviado en su casa. Pensé en más de una oportunidad en redescribir la historia; pero sabía que ya no me saldría igual de intrigante que la primera, y eso de hacer un cuento mediocre, sin el gusto y las ganas con la cual fue construida la primera narración, no me alentaba en lo más mínimo. Pasaron los meses y casi al año un nuevo milagro aconteció. El sobre Manila con el cuento había aparecido inesperadamente. Alguien tocó el timbre de mi casa y cuando fui a abrir una cara sonriente me abordó, era mi amigo Javier que me daba las buenas nuevas. Como antaño volví a sentir que el vacío literario de mi alma se llenaba una vez más y yo renacía en emoción plena.
(*) Uno de estos casos fue el título: Lo que evoca La Catedral.







